El Pablucha del grupo Metáfora
Su historia me conmovió, terminé con un pañuelo en los ojos y algo de “mala fe” hacia sus hijos. Pero me di cuenta que cada uno escoge cómo quiere vivir, y si tu vivir implica una botella de aguardiente o ron y una canción de amor, entonces, vive nomás, que ya falta poco para que todo termine.
Era viernes, era feriado, había sequía y la mamá de Pablucha, Enrique Pablo Venero, estaba en plena labor de parto. La comadrona ya se encontraba en la hacienda El Carmen, en el pueblo de Limatambo a 2 horas de Cusco y en medio de los gritos, la falta de agua y la borrachera del padre de Pablucha, nació él. Un niño rosadito, con el pelo negro azabache, rollizo y muy gritón.
Su infancia la pasó en esta hacienda, que se encontraba camino a Abancay, llena de papayas y paltas de muy agradable sabor. “Me acuerdo que mi padre, a mis hermanos y a mí, nos hacía recoger paltas desde que cantaba el gallo hasta que se ponía el sol”. Pablucha no guarda muy buenos recuerdos de su estancia en El Carmen. Su padre era el capataz y el trabajador más antiguo de la hacienda. “Los patrones sentían mucho cariño por mi padre, nos regalaban ropa y podíamos comer los frutos que queríamos” cuenta Pablucha.
A los 15 años decidió irse a vivir a Cusco, a la casa del hermano de su madre. Entró al colegio de Ciencias, porque el nuevo esposo de su tía conocía a un profesor del plantel. Pablucha cuenta que sus años en Ciencias fueron los mejores de su vida. “Era una palomilla, iba al colegio en el horario de la tarde, y me divertía con mis amigos del barrio a la salida”. Pero después de 4 años de vivir en una burbuja perfecta, donde no tenía mayores preocupaciones, recibió un telegrama que le cambió la vida por completo: sus padres habían sufrido un grave accidente, viniendo de Limatambo, en el que ambos habían perecido. “Me acuerdo que ese día o era tarde, ya no lo sé, mi tía me trajo un papel que se lo habían dejado en la puerta de la casa, ella no sabía leer, así que esperó a que yo se lo leyera. Mis ojos se humedecieron y mi garganta se seco; me temblaban las rodillas y el cuello se me endureció”. Pablucha lo afrontó solo, sus hermanos ya eran mayores y se habían ido a vivir a Urubamba y ya no había nadie que le mande plata para poder vivir en Cusco. Su tía le contó de un pariente suyo que era músico y que no tenía hijos. Entonces, le aconsejó que vaya a probar suerte para ver si podía quedarse con él y ayudarlo en lo que pudiera. “Fue una situación muy penosa para mí, era como estar mendigando por alojamiento”. Pero al final, decidió ir y hablar con este pariente que era su última luz al final de su túnel de apenas 19 años.
“Aprendí a tocar guitarra, cajón, flauta y el precioso charango”. Su tío resultó una persona muy gentil y abandonada por el mundo. Así que Pablucha fue una bendición para este hombre solitario. “A los 26 años formé mi primer grupo de música llamado Atardecer. Éramos 6 muchachos y mi tío era el que escribía las canciones y componía las melodías”. Fueron años difíciles para nuestro personaje. Eran pocos sus contratos para tocar en lugares públicos y sus conciertos en bares y restaurantes se hicieron más comunes, pero no representaban un ingreso económico para ninguno de los 7 miembros de Atardecer. Pasaron muchos años, Pablucha trabajó en diferentes cosas pero nunca dejó la música. “La música siempre fue mi vida, por la música conocí a mi esposa, pero también, por la música casi he arruinado mi vida”
Desde hace 10 años Pablucha es alcohólico, esta divorciado, tiene 5 hijos que casi nunca ve y es, por su apariencia, un hombre triste. Tiene un grupo de música andina llamado Metáfora y un restaurante, más conocido como “chupódromo”, llamado Sol y Luna. Tuvo una vida con muchos altibajos y me parece que no es justó que casi llegando al final de sus días, se encuentre de esta manera, tan descuidado, maloliente y poco querido. Espero que encuentre a un sobrino, como él, que le llene la vida y espero, también, que sus hijos dejen de ser ingratos y que lo busquen, porque todo hombre necesita un buen final.
22/10/2005